Empezar el año viajando

“Van a empezar el año viajando” decía el mensaje que nos mandó ella, nuestra amiga, unos días antes de año nuevo.

Hace dos meses que pusimos punto final a nuestra aventura por América, y reinsertarnos en una vida parecida a la que teníamos antes del viaje, nos está costando más de lo imaginado. Todo, excepto el reencuentro con amigos, familia y nuestra perra, es una pared con la que nos dimos de frente y nos golpeamos fuerte.

Aunque diariamente nos proponemos enfrentar el día de la mejor manera, alguna que otra cosa se suele llevar los residuos de nuestra energía.

El dilema del retorno

Mientras viajábamos, hablábamos con otros viajeros que nos contaban sus difíciles experiencias al regresar y, por algún motivo inexplicable, creíamos que eso nunca nos iba a pasar. Es que cuando uno viaja, todo parece tan simple y es tan fácil encontrarle el lado bueno o el aprendizaje, que nos hace creer que siempre será así.

Pero la rutina diaria y estática de la zona de confort, no nos permite medir todo con la vara del optimismo viajero, porque, de a poco, las responsabilidades aumentan y lo que hay que decidir ya no es cuál será el próximo destino, si no si debemos aceptar una oferta laboral que no nos gusta para poder subsistir.

En ese dilema constante estábamos cuando Carla y John, nuestros históricos amigos (John y Orne se conocen desde 1er grado de la escuela primaria), nos compartieron la posibilidad de ir a terminar el 2017 y comenzar el 2018 en el medio del campo.

Volviendo al ruedo (aunque sea por unos días)

Y claro, los trabajos, la mudanza y excusas que sacamos de los bolsillos nos hicieron dudar (¿cuándo, antes, poníamos trabas para conocer un nuevo lugar?). Finalmente, la noche del viernes 29 de diciembre, nos miramos desde afuera por un segundo, nos dimos cuenta que le estábamos errando y dijimos ¡vamos!.

7.30 am estábamos listos para salir a la ruta. El destino estaba dentro de nuestra propia provincia (viajar no necesariamente implica irse lejos). Fueron 700 km de ruta compartida y con casi una mudanza a cuestas, hasta llegar a Corcovado, en la precordillera andina chubutense.

Conexión y desconexión

Íbamos a un galpón en un campo, alejados de todo, pero conectados con la infinita naturaleza. Allí no hay señal de celular, ni mucho menos de internet (fue motivo de chiste que Orne, pensando en el trabajo que debíamos realizar, preguntara por esta cuestión).

Aunque es verano, y aquí en Argentina esa estación es sinónimo de calor, las montañas todavía nos regalaban un poco de nieve, y la temperatura nos hacía sentir que estábamos en otro continente.

Llegamos cuando caía la tarde, y nos fuimos a conocer la laguna. Al volver, fiel a las tradiciones patagónicas, comimos un cordero de la zona. En esta región del país, cualquier visitante no vegetariano que se acerque, es bienvenido con este plato.

La noche nos encontró durmiendo todos vestidos, tapados con lo que encontrábamos y asistiendo con leña a una salamandra para poder dormir a pesar del frío.

Al otro día, sólo nos bastó con desayunar para salir en busca de un camino, que no estaba definido, pero que nos llevaría al río.

Ningún camino es largo si uno va bien acompañado y rodeado de estos imponentes paisajes.

Si el camino había sido tan hermoso, el punto final parecía querer superar ese espectáculo natural.

Río, flores, montañas nevadas, árboles, hongos es apenas un poco de lo que tiene para ofrecer Corcovado.

El pueblo se encontraba a unos 8 km, sin embargo, nos sentíamos en medio de un inmenso escenario natural habitado sólo por nosotros.

Lo población de Corcovado apenas supera los 2000 habitantes, y tal vez sea esa una de las razones por la que la paz y la tranquilidad se siente hasta al respirar.

Año Nuevo!

Después de un pacífico pero intenso día a orillas del río, llegamos a nuestro galpón casa, donde aguardaríamos la llegada del año nuevo.

Éramos 7, no todos nos conocíamos mucho, pero eso no hizo menos especial el recibimiento del 2018. Comida, brindis, abrazos ¡y hasta cotillón! fueron los ambientadores de la despedida del año. Hasta las 6 am se extendió nuestra fría primera noche de 2018 en Corcovado. Y se nos sumó una imponente compañera…

El lunes tocaba regresar. Después de tres días tan intensamente hermosos, volver a la nueva rutina, puede costar todavía el doble. Pero con las pilas recargadas después de tan cálido contacto con la naturaleza, los amigos y la vida… las baterías internas duran mucho más.

Sabemos que nos espera un tiempo sin tanto movimiento, y con bastante más rutina. Sin embargo, con paseos como este y haciendo todos los días cosas que nos motiven, de seguro será más llevadero.

Ya vendrán más experiencias de la vida, después de un gran viaje.

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