Perderse en el camino

Sería común que en un blog de viajes, un post que tenga este título se refiera al encuentro con uno mismo que se da al andar deambulando por el mundo, o algo de eso muy reflexivo: pero no. Esta vez vamos a hablar lisa y llanamente de las oportunidades en las que nos hemos perdido en este año de andanzas.

Porque desde afuera parece que es todo una hermosa vida (y lo es, pero también hay espacio para el caos) y que vivimos contentos y transitando momentos de alegrías. Pero no. También estamos tristes, lloramos, nos peleamos, nos aburrimos, nos enojamos, extrañamos, estamos incómodos y entramos en crisis.

Uno de esos momentos de alta tensión que atravesamos en el viaje son aquellos en que nos encontramos en un lugar totalmente desconocido y sin saber dónde está la salida. Si, después son los mas divertidos y graciosos para contar, pero pasarlos no es tan lindo.

Hace poco tuvimos uno de esos, y en un momento de total desesperanza y creyendo que no teníamos chance de recuperarnos le dije a mi compañero: “si salimos de esta, somos mis héroes”. Y acá estoy, siendo mi propia heroína.

Aunque perderse es algo de lo más cotidiano, en nuestro viaje hubo tres de esas situaciones en las que nos creímos en riesgo, y pusimos a prueba nuestra capacidad de resolver situaciones inesperadas.

Una de ellas fue en la frontera Ecuador-Colombia. Como todo primerizo en tierra de Pablo Escobar y que consumió historias de todo tipo sobre este país, llegamos a la frontera con la idea de que podían plantarnos droga, secuestrarnos, etc, etc.

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Todavía no sabíamos lo que nos esperaba

El trámite tardó un poco mas de lo normal, y la frontera estaba repleta. Teníamos que caminar hasta la parada de un bus que nos acercaba a Ipiales, el pueblo más cercano. En eso, nos encontramos con unos chicos que se decían conocedores de los mejores atajos para salir del lugar rápidamente. “Caminemos un poco más, hay un bus que nos lleva enseguida”. Les hicimos caso.

Caminos bastante, con las mochilas al hombro, y el bus al final no pasaba por acá, ni por allá. Se hacía de noche cada vez más rápido y los autos iban en dirección totalmente contraria a nuestro objetivo. Genial, de noche en la frontera.

Viendo que “los conocedores” no conocían tanto, decidimos cortarnos solos, pero claro… esa decisión había que tomarla antes, ya era muy tarde. Todos los autos iban en sentido opuesto. Divisamos un restaurante (que estaba cerrado, la familia propietaria se estaba preparando para ir a una boda) y les explicamos la situación. Nada. No había solución para salir a esa hora de ahí por dónde íbamos, ni tampoco lugar para hospedarse.

En eso, como siempre sucede en el viaje, aparece una de esas personas mágicas (algún familiar que venía  a buscar algo para la fiesta), le explican nuestra situación, y se ofrece a llevarnos hasta un hotel barato en Ipiales, saliendo en contramano por la ruta que corría en una sola dirección.

Había muchas chances de sufrir un accidente, pero nos pareció una solución increíblemente buena.

Cabe aclarar que “la persona mágica” también nos cobró un precio mágico por esa aventura descabellada. El cual pagamos felices con tal de salir de ahí. Un capítulo aparte sería contarles el hotel en el que nos dejó…

Perdida nº 2: Playa del Carmen, México. ¿Qué viajero es tan afortunado de tener familiares ahí? ¡Nosotros! Pero resulta que a ese querido familiar se le ocurre irse a vivir en una parte nueva de la ciudad, muy muy lejos del centro, en una zona donde ni el chofer del bus sabe que existe todavía.

Era la segunda vez que retornábamos a la casa en ese bus. La primera, lógicamente, estábamos más perdidos que la segunda porque no conocíamos nada. Pero tuvimos la fortuna de que el chofer justo terminaba su turno, y se ofreció a llevarnos hasta la esquina de la casa, aunque no fuera parte de su recorrido.

Pero la segunda no. Nos bajamos donde “nos sonó” conocido, pero le pifiamos. Obvio que para que la historia tenga más suspenso, era de noche también. Y los GPS de los celulares todavía no registran esa bella calle en la que estábamos hospedados (de nada hubiera servido si lo hicieran, porque no teníamos batería en ninguno).dscn1234-copiar

Preguntamos a la gente y nadie conocía el lugar que le describíamos dónde debíamos llegar. Totalmente nefasto hubiera sido subirse a un taxi que tampoco sabe dónde tiene que ir.

Y apareció otra persona mágica y nos explicó por dónde suponía que debíamos ir, no sin advertirnos que “es lejos”, “está muy oscuro”, “es manglar”, “pueden haber animales”, “no es seguro”.

Pero no nos importaban ninguno de los peros, ahora que sabíamos dónde teníamos que ir, como el gen mochilero lo demanda, lo haríamos caminando.

¿Y saben que? Estaba oscuro, era lejos, era selva, había ruidos de seres desconocidos… pero ya habíamos emprendido la aventura y teníamos que terminarla. Habrá sido 1,5 km de incertidumbre total, en los cuales nos hicimos pases de factura al estilo de “yo dije que…”, “si hubiéramos hecho tal cosa…”.

Pero de pronto vimos civilización y ¡nos ubicamos! Final feliz para esta historia también.

Tercera y última perdida que pasará a las anécdotas viajeras: Oaxaca, México. Otra vez tenemos la fortuna de tener una especie de familiar que nos comparte su casa (¿les hablamos ya de que somos bastante suertudos, no?). Para no ser menos, este familiar vive todavía mas lejos. En un pueblo que se llama San Andrés de Huayapam. Pero tampoco es que vive en el mero pueblo, si no como que en una entrada o salida, lejos del resto del pueblo.

Nos fuimos a recorrer Oaxaca porque ya sabíamos en que bus volver, asique no había problema en que se hiciera tarde. Se hizo de noche y seguíamos de paseo. Llegó la hora de tomar el bus y tomamos… el equivocado.

Este si que nos dejó en vaya uno a saber donde. Pero el GPS del celular marcaba que caminando 1,5 km por el medio de la nada misma, podíamos llegar a la casita. Parecía simple. Emprendimos el camino.dscn1286

Literalmente, no había nada: ni camino. Pero si el GPS lo dice, no puede fallar. Era cuestión de arriesgarse un rato y llegaríamos a destino. Y cuando el sabelotodo del celular nos indicaba girar a la derecha, no había ni algo parecido a una calle. Y por mas que camináramos y camináramos no había nada: puras piedras  y matorrales. La poquita luz que nos alumbraba era de la hermosa luna.

Para sumarle un obstáculo a esta aventura, veníamos del mercado de Oaxaca cargadísimos con bolsas de frutas y verduras que nos cortaban los dedos de las manos.

Ya entrando en pánico al no ver ni medio camino, y estar en una montaña por encima del pueblo, decidimos pegar la vuelta, volver a donde nos dejó el bus y tomar una moto taxi.

El celular, siempre tan fiel, se quedó sin batería. Que bien, teníamos que retroceder 700 mts por el medio del monte, sin un sendero que seguir. Cada paso mal dado, nos perdía más.

Pasamos por una construcción y salió un ejercito de perros a defender su lugar. Si ya me temblaban las piernas, ahora ni las sentía.

Caminamos, dimos vueltas en el mismo lugar, y nada. La única opción era seguir caminando hasta que apareciera algo que demostrara vida humana. Finalmente, como todas las veces, apareció una persona mágica (bueno, eran dos). Juro que me dieron ganas de abrazarlas, decirle que los quería, agradecerles en mil idiomas, pero no… había que mantener la calma.

Bueno, nos pudieron ayudar un poco. Todavía faltaba caminar un poco mas por el medio de la nada para llegar a la civilización. Lo hicimos, llegamos… al pueblo. Ahora faltaba encontrar la casa. ¡Y nos volvimos a perder! Luego de dar interminables vueltas sin sentido, sin sentir ya nuestras piernas, ni nuestros brazos, y de ser atacados nuevamente por unos hermosos canes, encontramos a la persona mágica nº 4. Sabía dónde vivíamos, nos guió. Final feliz para esta historia también.

Cómo siempre, estas situaciones vistas a lo lejos y totalmente superadas, nos hacen reír y decir: “por qué no hicimos esto?”, “no fue tanto”, y cosas de ese estilo. Pero claro, ahora estamos bajo un techo escribiendo mientras tomamos unos matecitos y todo parece fácil.

La enseñanza que nos dejan estas situaciones es que entrar en caos no colabora en nada, y mucho menos discutir entre nosotros. Siempre siguiendo el instinto de uno de los dos (o de los dos), y encontrando personas mágicas, nos volvemos a encontrar.

 

Autor entrada: Ambos Mundos

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