Las intermitencias de Santa Marta

Si en la nota sobre San Gil y Bucaramanga decíamos que las personas que uno conoce hacen en parte a la imagen que uno se lleva del lugar, en la misma línea también creemos que los momentos vividos allí hacen que nos vayamos con ganas de alguna vez regresar, o veamos la despedida como un punto final.

Cuando llegamos a Santa Marta, nuestra primera playa de la costa colombiana, íbamos con las expectativas tan altas, que nos decepcionó un poco. Ni arena blanca, ni agua transparente. No. Una ciudad bastante sucia y una playa dentro de los parámetros normales. Conseguimos un hospedaje que tampoco derrochaba belleza y allí empezamos a pensar en los próximos destinos. Porque eso es lo bueno que tiene Santa Marta: sus alrededores.

El Parque Tayrona era, desde que pusimos el primer pie en suelo colombiano, uno de nuestros principales objetivos. Aunque el valor de su entrada (43 mil colombianos para extranjeros) y el costo por pasar unos días allí era bastante mas alto que los precios que venimos manejando en nuestro viaje, habíamos decidido que sería un gasto que íbamos a afrontar.

Antes de ir hacia nuestro objetivo, decidimos pasar por Taganga, una linda playa que queda a tan sólo 15 minutos en bus desde Santa Marta. Allí nos esperaba Jesús, nuestro couch que nos hacía dudar de su nacionalidad al responder nuestro mensaje con un: “los espero con mate”.

Llegamos y seguía siendo dudoso su origen. Cómo todo viajero, tenía un poco de cada lugar en el que estuvo, y aunque era colombiano, era más bien un ciudadano del mundo, un “vagamundo” como él mismo se define en su cuenta de Instagram (muy recomendable seguirlo, tiene unas fotos impresionantes).

Estando allí, con todo listo para partir hacia el Tayrona, nos enteramos que había un alerta meteorológico por el paso del huracán Matthew. Con el pronóstico que se esperaba, ir al Parque sería desperdiciar nuestra visita al lugar, por lo que decidimos esperar: unos días en Taganga con Jesús parecían una buena alternativa al mal clima.wp_20161001_07_00_46_pro-copiar

Aunque casi no pudimos salir de la casa porque la lluvia y el viento eran constantes, por suerte Matthew no descargó su violencia en esa parte de la costa colombiana. Luego de algunos días, cuando todo empezaba a mejorar pero todavía el clima no era el mejor, decidimos salir un rato de la casita e ir a Playa Grande, un balneario que está a sólo 5 minutos a pie de Taganga.

El sol se dejaba ver nuevamente en el cielo después de varios días de tormenta. Playa Grande se acercaba un poco más al ideal que teníamos del mar colombiano, asique mientras Diego y Jesús se fueron a sacar algunas fotos, yo preferí quedarme ayudando a limpiar el lugar (el huracán había revuelto toda la basura y el agua estaba muy sucia), y disfrutando también un poco del primer día de playa.

Fueron varias horas hasta que volvimos a encontrarnos los tres, y allí todo nuestro viaje cambió. Los habían asaltado, y ya no teníamos más cámara fotográfica, más celular, ni mochila con cosas que parecían insignificantes pero que, para un viajero que viaja con poco, eran mucho. Para nosotros eran mucho.

Como se estila decir en estos casos, había que agradecer que estaban vivos. Y era cierto. Cuando los vi, lo único que me importó fue que, a pesar de que hacía pocos minutos un revolver los había estando apuntando, ahora estaban ahí y podían contármelo.

Por supuesto, con el correr de las horas, uno empieza a pensar en lo que se perdió y comienza a amargarse. Pero ya no vamos a dedicar más tiempo a hablar de ello, porque para eso está el post “Enseñanzas de un asalto”.

Luego de unos días de hacer los trámites correspondientes y no lograr nada, con el ánimo totalmente cambiado y la incertidumbre sobre cómo seguiríamos viaje ya que con trabajos que realizábamos con la cámara fotográfica financiábamos nuestros pasos, decidimos levantar cabeza.

Nos prestaron una camarita y emprendimos el viaje tan esperado: fuimos al Tayrona. Soñábamos con ese lugar desde hace rato, y ahora que estábamos ahí, nuestros ánimos estaban tan apagados, que nos costaba disfrutar de su inmensidad y su belleza.dscn1247-copiar

A pesar de nuestra energía, ese lugar es tan mágico y único que vivimos 5 días de pura aventura. Mucha caminata, mucha playa y muchos mosquitos resumen en pocas palabras el contenido de esos días.dscn1238-copiar

Estuvimos dos noches acampando en Arrecifes, una playa donde uno no puede bañarse, pero que es mas barata, y con caminar sólo unos minutos permite tener acceso a Piscinas y Arenillas, dos hermosos balnearios donde creímos que ya habíamos visto todo. Pero no. Decidimos desarmar campamento, caminar y pagar un poco más, y nos fuimos a Cabo San Juan, la típica playa de la foto. Un broche de oro para semejante paseo, y un buen lugar para comenzar a cambiar nuestro parecer sobre la costa colombiana.

Y el esfuerzo de la vuelta nos serviría para todavía despejarnos un poco más: decidimos hacerlo a pie por Pueblito. Es un camino de varias horas, en ascenso, con mochilas y mucho calor: parte de la aventura. Muchas veces, mochileando, hay que hacer esfuerzos físicos que parecen imposibles al pensarlos pero, cuando uno finalmente lo concreta siente una energía tan buena, que hace que siempre sea recomendable enfrentarse a estos desafíos.dscn1285-copiar

Volvimos a Rodadero, otra playa que se encuentra a pocos minutos de Santa Marta, donde estábamos hospedándonos en la casa de nuestro nuevo couch: David. Él, en gran parte, fue el responsable de la recarga de nuestra pilas internas, y de ir opacando un poco el mal recuerdo que nos había dado Taganga.wp_20161009_09_24_37_pro-copiar

Gracias a él conocimos también otra de las playas que rodean a Santa Marta y que tiene la particularidad de contar con mar y la desembocadura del río Mendihuaca.img-20161009-wa0004-copiar

También fuimos a Bella Vista, una playita donde se realizó una especie de festival, y pudimos ver en vivo a Systema Solar (una banda colombiana que suena en todos lados). Y después de ahí salimos a conocer un poquito de la noche costeña.img-20161016-wa0005-copiar

A David y a Jesús tenemos que agradecerles infinitamente. Nuestro paso por Santa Marta no fue lo que hubiéramos querido y enseguida quisimos irnos de ahí. Pero por su compañía y su aguante, a pesar de nuestras bajas ondas, le dimos una segunda oportunidad a Santa Marta y nos llevamos un buen recuerdo que sirve para tapar un poco la primer mancha que tuvo nuestro viaje y que siempre llevará el sello del lugar.

Autor entrada: Ambos Mundos

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